Melissa Launay pregunta a Miguel Gómez Losada:
ML - Tu forma de pintar la naturaleza propone amor, esperanza ¿dónde nace esta actitud?
MGL - Quiero que mi pintura sea una ampliación mejorada de la realidad. Aspiro a pintar el amor supremo con una gramática vegetal. La relación -agua, árbol, aire, luz, tierra-, es para mí la definición ejemplar de -la vida-. Pinto fábulas vegetales donde las plantas son las protagonistas de ese amor infinito, en un intento de hacerlo visible.
También busco lo desconocido, pintar es adentrarme en la espesura de un bosque frondoso, con la esperanza de que al otro lado esté el paraíso, de ahí que utilice la belleza como vehículo para acercarme a esa utopía de vida mejorada.
En mi pintura tengo que dejar a un lado la ciudad y lo que ahí acontece. Siento los modos urbanos en constante estado de alerta. Necesito idealizar sin estar a la defensiva, construir centímetro a centímetro y de una manera carnal la felicidad. Pintar es iluminar sobre el lienzo, como anhelar en voz alta para propiciar que los sueños se hagan realidad. Pintar es también dar corporeidad a un deseo.
En el entorno de las artes plásticas, hablar de amor, bondad, armonía y belleza es escandaloso, aunque no sé por qué. En música se canta al amor desde siempre, y –lo bello- no está reñido con la calidad artística. En el cine y la literatura es un tema principal, y me pregunto qué ocurre en las artes visuales, si es que está superado o no es un tema lo suficientemente importante como para abordarlo. Quizá sea miedo. Asumo que pintar el amor y el binomio bondad/belleza es ir contratendencia. Sé que a mucha gente le da vergüenza la palabra ternura, aunque luego la echen en falta todos los días. Creo que el mundo necesita más que nunca ejemplos públicos de amor y de ternura. Pinto plantas y árboles como si fueran rúbricas afectivas. Pinto lo que quiero ser, como quiero estar.
Comprendo que los que escriben de arte eviten la emoción, el sentimiento, la esperanza, quizá considerando que estos conceptos son poco rigurosos y asibles para transparentar su curriculum teórico. Para mi gusto, el panorama artístico es demasiado cerebral. Hemos querido tener tanto rigor que hemos olvidado el sentimiento. En los modos artísticos hemos caído en la peor de las perversiones: reprimir la fascinación y acallar lo que nos emociona. Observo a investigadores científicos más apasionados que muchos artistas; a filósofos más emocionales que muchos críticos de arte. Tengo la sensación de que lo hemos complicado todo. El arte debería autoevaluarse, proponer ya modelos óptimos de vida, donde corazón e intelecto no se excluyan, y que unidos sean útiles para salvarnos de las maneras destructivas del mundo. Cada cuadro, poema, foto, o película, podría ser un vehículo para alcanzar nuestros sueños. Me gusta el arte cuando es un intento de felicidad.
Ya no me llama la atención cuando se ilustra con el videorrealismo y el fotorrealismo los problemas que vemos en la prensa. Tampoco me gusta cuando usan a personas desfavorecidas como protagonistas de la obra, en un falso compromiso, puesto que no me parece éticamente aceptable utilizar a una persona que sufre -por cualquier causa- y exhibir su fotografía en la pared mientras se inaugura desde una actitud aburguesada con champán y canapés. Apuesto porque el dolor no sirva como propaganda de la obra de arte.
Tampoco me llama la atención cuando presiento que el arte se hace sólo para los del arte, en vez de para toda la gente.
No me considero descreído de nada, soy un idealista, un soñador que no se avergüenza de serlo. Sigo creyendo que el ser humano aún puede aspirar a un estado de gracia. Mi anterior exposición se llamó La ternura del universo, y quise expresar con ello un paraíso en vida, la más alta idea de amor infinito. Pintar la naturaleza vegetal sería el camino. Las plantas significan para mí un sistema de vida superior. Mis plantas se quieren entre ellas. Pinto lo que quisiera ver. En la acción de pintar, los primeros gestos en el cuadro nacen de la esperanza de un final feliz -parecida a la del navegante vigía, que desde alta mar soñaba continentes maravillosos en el vuelo de los albatros-
Sigue en la parte 2